—Porque ya no me quedan balas para la razón —respondió—. Solo me queda la sed. Y la sed no negocia.
Anderson no se sobresaltó. Ya había aprendido que el miedo era un lujo que no podía permitirse. Era Lucy. Su melena rubia pegada por la lluvia, sus ojos azules demasiado claros para la noche que cargaba sobre sus hombros.
Capítulo 28 El precio de la carne y la sed de justicia
—Queda uno —dijo en voz alta, y su propia voz le sonó como el graznido de un cuervo. Escupire.Sobre.Sus.Tumbas.Capitulo.28
Mañana, pensó Anderson mientras el coche se perdía entre la niebla, mañana el juez sabrá lo que duele ahogarse en tierra firme.
Lucy tomó su abrigo. No dijo nada más. No hacía falta.
Anderson cogió la libreta negra, arrancó la última página y la acercó a la llama de la vela. El nombre de Harwick ardió lentamente, retorciéndose como un gusano de tinta y ceniza. —Porque ya no me quedan balas para la
—Entonces ¿por qué vas?
—No se trata de la ley. Se trata de lo que viene después. La familia Croft tiene contactos. Gente que no perdona. Gente que quema iglesias y las llama bautismos.
Fin del Capítulo 28.
El reloj de la pared marcaba las tres de la madrugada cuando Anderson sintió que la tierra se abría bajo sus pies. No una tierra literal, sino el suelo podrido de una ciudad que lo había visto nacer y que ahora lo quería muerto. La lluvia, fina como un velo de gasolina, empapaba los cristales rotos de la ventana del motel. Olía a humedad, a tabaco rancio y a la sangre que aún no había derramado.
El décimo nombre era el peor de todos. No el más fuerte, ni el más rico, sino el más astuto. El juez Harwick. El hombre que había archivado el caso, que había declarado la muerte de Mary como "suicidio en estado de embriaguez". El mismo juez que, tres años atrás, había absuelto a los nueve por falta de pruebas. Anderson lo sabía. Sabía que Harwick había recibido dinero, tierras, y el silencio de una ciudad entera a cambio de firmar la sentencia.
Hasta ahora.
