Memorias De | Una Pulga Tomo 2
—El pecado no está en la obra, sino en la intención. Si tú me limpias la frente con tus dedos... ¿eso es acaso lujuria?
Fin del fragmento del Tomo 2 de Memorias de una Pulga .
Y sin embargo, querido lector, al llegar al final de este segundo tomo, debo confesar algo que jamás pensé escribir: la pulga también siente. No amor —eso es cosa de humanos—, sino una extraña ternura al verlos fracasar. Porque ustedes, los grandes, los dueños del mundo, los que aplastarían a mi familia con un dedo, son en la intimidad más ridículos y más bellos que cualquier bicho. memorias de una pulga tomo 2
—¿Qué haríamos si nos descubrieran? —preguntó ella una noche, mientras se desprendía de sus enaguas.
Memorias de una Pulga: Tomo 2 (Fragmento) Subtitle: En la alcoba del obispo y otros milagros Prólogo del segundo salto —El pecado no está en la obra, sino en la intención
Allí reposaba su doncella, una joven llamada Sor Inés, cuyo hábito apenas lograba ocultar la geografía de un cuerpo que pedía a gritos un mapa menos piadoso. La pulga que les escribe se paseó aquella madrugada por el valle de su nuca, y sentí el calor del Obispo acercarse. No era calor de rezo. Era el fuego de un hombre que lleva treinta años negándose a sí mismo.
Me instalé en la peineta de la joven Dama Elvira, cuyo esposo, el Marqués de la Deuda Eterna, pasaba las noches firmando cheques en lugar de firmar caricias. Ella, por su parte, recibía al jefe de su guardia personal, un hombre de bigote tupido y manos de herrero que leía a Quevedo con voz de trueno. Fin del fragmento del Tomo 2 de Memorias de una Pulga
La primera noche que pasé en la cabecera del Obispo, creí hallar el reposo eterno. ¡Ingenuo! Sus rezos antes de dormir eran largos, mecánicos, como quien ensaya un papel. Pero en cuanto apagaba la vela, sus manos —largas, pálidas, de uñas cuidadas— comenzaban un viacrucis muy distinto.
He visto más de lo que un insecto puede contar. He visto a un juez desnudarse con su secretaria mientras su esposa dormía en la habitación contigua. He visto a una monja guardar un vibrador dentro de una imagen de la Virgen del Carmen. He visto a un poeta llorar de impotencia no por la rima, sino porque su amante prefería al cochero.
—Sí, padre... quiero decir, excelencia —respondió ella con voz de miel a punto de derramarse.