Serie De Los Juegos Del Hambre -

—En el Distrito 11, plantamos un árbol por cada tributo. Al principio era un acto de duelo. Ahora los niños trepan por ellos para coger manzanas. El dolor se vuelve vida, Katniss. No rápido. Pero se vuelve.

Claro, aquí tienes una historia ambientada en el universo de Los Juegos del Hambre , justo después de los eventos de Sinsajo . Habían pasado cinco años desde el final de la guerra. Panem se reconstruía, ladrillo a ladrillo, y también lo hacían sus heridas. Katniss Everdeen ya no vivía en la Villa de los Vencedores, sino en una pequeña casa de madera en los márgenes del Distrito 12, donde el silencio solo era roto por el canto de los sinsonte y el viento que peinaba las praderas de dientes de león.

—No te lo pide nadie.

—No —dijo Katniss, devolviendo el broche—. Ya no soy su símbolo. serie de los juegos del hambre

Una mañana, un mensajero del nuevo gobierno —ya sin Capitolio, solo un consejo de distritos— apareció en la puerta de Katniss. Era una chica joven, con el pelo recogido en una trenza suelta y una mirada que recordaba demasiado a Prim.

Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió. No era una sonrisa de victoria. Era una sonrisa de mañana.

—No voy a correr —dijo al fin.

Peeta viajaba a menudo al Distrito 11 para ayudar con los huertos conmemorativos. Él plantaba rosas, sí, pero también girasoles, caléndulas y nomeolvides. Flores que no olían a muerte. Flores que podían crecer sin miedo.

Entonces Katniss sacó el diente de león. Lo sopló. Las semillas volaron sobre el agua, sobre la multitud, sobre los nombres grabados en una piedra recién tallada.

—¿Sabes lo que proponen? —preguntó él, sentándose a su lado. —En el Distrito 11, plantamos un árbol por cada tributo

Esa noche, Peeta encontró a Katniss sentada en el porche, mirando las estrellas.

—Ahora —dijo—, enseñamos a los nuestros que el fuego no es solo para quemar. También es para cocinar, para calentarse, para fundir las cadenas viejas y hacer campanas.